Atilio Rosso

Ciudadano de la Eternidad
 Atilio Rosso: transformador del mundo y ciudadano de la eternidad. Nació en Leones, provincia de Cordoba. Realizo sus estudios en el Colegio La Salle de Cordoba. Estudió en la facultad de Ingeniería Química d ela Universidad Nacional del Litoral, donde se graduó como Doctor en Química. Ingresó al Seminario y luego concluyó sus estudios en el Colegio Pio Latino Americano. Se ordenó de sacerdote y asumió como rector del Colegio Mayor Universitario de Santa Fe y más adelante también como parroco de Monte Vera.

Desarrollo su tarea pastoral en el mundo universitario, en el de los inmigrantes y en los medios de comunicación social.

Desde el Colegio Mayor Universitario promovió el trabajo con los sectores marginados y de esa tarea surgió el movimiento Los Sin Techo. Durante más de dos décadas coordinó este movimiento de promoción de los sectores excluidos del cinturón marginado de Santa Fe.

En la madrugada del 23 de abril de 2010, cuando descansaba en la ciudad de Villa Mercedes San Luis viajando hacia Mendoza, entró a la eternidad diciéndole a su compañero de viaje: "...Tranquilo, me voy con Dios".-

El Recuerdo

Lo conocí en el año 1954 en la oficina de Ernesto Leyendecker. Era cinco años mayor que yo. En ese momento, el Ateneo Universitario actuaba en la clandestinidad, clausurado por el gobierno.


En septiembre de 1955 éramos muy amigos y activos militantes del catolicismo en el conflicto de la Iglesia con el peronismo. Tres meses después, tuve la primera muestra de su pensamiento adelantado en el tiempo. Fueron con Víctor B. a visitar hospitales y geriátricos como lo hacíamos habitualmente (ellos más y mejor que yo) los sábados por la tarde. Volvieron y Atilio nos dijo: “¿Che, no nos habremos equivocado?”. Tal era el dolor que me contaron que vieron en los barrios luego de la revolución. Ya para febrero o marzo de 1956, los tres teníamos claro nuestro arrepentimiento. Pero él fue más específico: “Nosotros no luchamos por una revancha y, de alguna forma, debimos haber tenido en cuenta de qué lado estaban los pobres”. Entre marzo y junio de 1956, dejamos de ser antiperonistas aunque mantuvimos nuestra ideología.


Desde 1955, los tres nos hicimos amigos inseparables y todas las horas después del almuerzo y muchas noches, tal vez demasiadas, durante por lo menos cuatro o cinco años, nos dedicamos a trabajar por un socialismo cristiano en el que creímos (que poco tiene que ver con el marxismo o el capitalismo) basado en el hombre, con justicia, dignidad, solidaridad, equilibrio social y teniendo el bien común como objetivo final. En otras palabras: después de Dios, el amor al prójimo. Lo que significaba que el país no podía tener pobres y ricos tan injustamente separados en sus accesos a una vida digna. Creo que él y Víctor pensaban con más claridad que yo, pero ellos decían que discutía y hablaba mejor, de allí mi mayor exposición pública.

Después de completar su doctorado en química entró al seminario; Víctor se recibió y se fue a trabajar primero a Buenos Aires y luego a Bariloche y yo marché a EE.UU. a hacer mi doctorado. A mi regreso nos veíamos con frecuencia, de nuevo después del almuerzo, hasta que las obligaciones cada vez mayores de nuestros propios proyectos fueron distanciando los encuentros. Pero cada vez que nos juntábamos, y muy especialmente con la presencia de Víctor, sentíamos como si el tiempo no hubiera pasado.

Atilio era un sacerdote progresista y distinto, casi totalmente volcado a su batalla para que “aunque sea de a poco” haya menos pobres. Calificando severamente y sin tapujos la falta de solidaridad de los que tienen más y siempre mirando mucho más adelante que nosotros. Cada vez más convencido de su fe, en ese tema no hacía concesiones. Su esperanza sin límites y su amor volcado a los que menos tienen, era como un soplo de aliento fresco para nosotros dos que, sin renunciar a nuestras ideas, estábamos transitando, en distinto grado, un camino cercano a la heterodoxia. En ese punto, las discusiones eran interminables. Sólo hace tres meses me regaló un libro en el que según él, con la mecánica cuántica se podía demostrar la existencia de Dios. Mi respuesta fue la de siempre: “Atilio, la física cambia con el tiempo; vos y yo creemos en Dios porque tenemos fe, independientemente de lo que diga la ciencia, y además, para vos la palabra del Papa no se discute, no por obediencia, sino por tu fe en que él habla inspirado en el Espíritu Santo”. No todos tenemos la misma fortaleza para lograr ese grado de espiritualidad.


En su relación con creyentes y no creyentes por igual, las virtudes teologales eran su forma de vida y lo hacía de una forma que el otro ni siquiera se daba cuenta. Es que él era la encarnación viviente de su práctica permanente. Creo que nunca supo el bien que me hacía cada vez que conversábamos aunque sea un rato, muchas veces en el avión. Me daba el empujón que necesitaba para seguir caminando a pesar de las dudas y todas mis debilidades.


Hace poco, festejamos su octogésimo cumpleaños. Recuerdo que en el sermón nos dijo: “Tuve una trombosis, un infarto y un aneurisma. Esto es una señal de que Dios quiere que siga vivo. Ya no tomo más medicamentos. Él sabrá cuándo me tengo que ir”. Y por eso, teníamos claro que esperaba la muerte con alegría, como lo manifestó segundos antes de partir. Y Dios le dio el gusto, falleció antes de que los auxilios pudieran hacer algo.

Chau Atilio, juntos con Víctor, en algún momento recomenzaremos nuestras discusiones; vos siempre ocupado con Los Sin Techo y nosotros mirándote con admiración como lo hemos hecho hasta ahora.


Alberto E. Cassano


Colegio Mayor Universitario y momento actual

Creo que es conveniente ubicar al Colegio Mayor Universitario (CMU), en el momento histórico de su nacimiento: ver los factores que están incidiendo en el alma de nuestra generación; comprobar hasta qué punto hay cosas muertas, y que aún subsisten, para poder unirnos a un mundo que nace, y ser, así, fieles a la responsabilidad de la hora en que vivimos.


Un análisis sereno será la mejor garantía para incorporarnos a los elementos vivos que van modificando la sociedad, e impregnar, todo este vasto movimiento de la historia, con el pensamiento, la vida y el sentido cristiano.

Repetimos un lugar común, y no por eso es menos cierto, cuando afirmamos que la humanidad pasa por un hondo proceso de revisión de valores y de transformación de estructuras.

A la generación del mediodía del Siglo XX nos toca vivir horas de agitación propias de las grandes revoluciones. Es la imagen del desorden lo que se presenta a nuestros ojos.

En la esfera de lo económico vemos que toda la estructura capitalista muere indefectiblemente. A pesar de todo hay quienes se imaginan que nada sucede, y pretenden solucionar la crisis con simples leyes sociales.

En lo social no es un cambio superficial el que se está operando. Nace un mundo nuevo. Nace misteriosamente sin que nosotros mismos lo podamos comprender. Nuevas capas sociales nacen a tientas buscando su expresión en todos los órdenes de la vida: en o jurídico, en lo político, en el arte, en la cultura...

El fenómeno de masa, con consecuencias imprevisibles en algunos momentos, nos entrega un hombre desarraigado y desalojado. Nadie lo reconoce como a un hermano. Vive en la soledad. En esa soledad exterior agravada por su soledad interior fruto de activismo “extravertor”.

Otro factor de repercusiones extraordinarias es el de la técnica. Su incremento, y su posterior aplicación a los usos más diversos, nos están haciendo vivir horas de verdadero triunfo para el hombre. El hombre de la técnica es el que parece poseer el secreto del mundo. Es el nuevo Prometeo, poseedor de ese fuego de la divinidad. La étnica es la que ha decidido, y decide, el porvenir de los pueblos en el orden internacional.


La necesidad de verificarlo, y toda la autodeficiencia del hombre de hoy, lo lleva a prescindir de Dios. Vive en un ateísmo, no agresivo, sino prescindente. Este hecho se ve agravado porque muchos vieron a Dios unido a una clase social determinada y que no supo resolver sus angustias y comprender sus necesidades inmediatas...

Una fe en el hombre, rodeado de una serie de ideales, lanza su reto a la Fe en Dios y al Amor, gloriándose de poseer, para la solución de los problemas que angustian a la humanidad, un poder mayor y una eficacia superior a la que hoy posee el cristianismo.

En medio de todos estos signos, que nos dan la sensación de una humanidad instalada en el materialismo, surgen contornos nuevos. A veces pocos definidos, pero anuncian la aurora de una nueva vuelta a una civilización espiritualista.

Vemos, por ejemplo, que en todos los movimientos obreros la atención se ha desviado de los problemas materiales para dirigirse a los que corresponden a las exigencias de la dignidad humana.

En el mundo de la economía aparecen los llamados “problemas humanos de la economía”.

La efervescencia religiosa de nuestros días, que no es privativa del cristianismo, nos indica claramente que se aproximan horas nuevas.

Son muchos los sociólogos contemporáneos, apoyados en un análisis científico con exclusión de todo apologética que sostiene que hoy asistimos a la muerte de una edad materialista y que entramos en una edad religiosa.

A pesar del ruido de los acontecimientos, la hora, en que vivimos, nos hace sentir una realidad dulce y consoladora.

Para nosotros, los creyentes, la convicción de que todos los episodios obedecen a una Voluntad Superior, sabemos a dónde es conducido el mundo. La humanidad en su movimiento ascendente y unitario vuelve a Dios. Volverá como el “hijo pródigo” del Evangelio, o bajo una unidad que los mismos adversarios de dios preparan. Hay un hecho evidente: Dios habla a la humanidad con los hechos, el mejor lenguaje de la Providencia.

Lo importante es entenderlo y aceptarlo. Lo trágico sería no saber escuchar su voz.

Estos hechos universales, tienen, en nuestro país, sus notas propias.

Un industrialismo, cada día más intenso, desplaza a una economía pastoril. Más que de libertad, se habla de organización, racionalización, rendimiento, productividad, eficacia...

El democratismo liberal hasta dónde podía llegar una sociedad, en disolución, por falta de un sentido activo y de la justicia social. Esta época de descomposición de las clases dominantes será señalado con trazos sombríos.

Las comunidades tradicionales de la familia, del trabajo... están gravemente comprometidas en su existencia. En muchas partes son reliquias de un pasado. Existe un trágico desacuerdo entre los hombres que representan un aporte intelectual, y el pueblo, desorientado, que busca una salida a su angustia.


Donde más se nota una evidente ceguera es en la educación. No ha dado una categoría de intelectuales capaces de orientar a el país, ni de levantar el nivel de sus preocupaciones. Una Universidad, que desconoció al hombre en su doble realidad de cuerpo y espíritu, entregó profesionales de “simple diploma”; que atribuyeron al título un valor exagerado, y confundieron el estudio raso con el saber, el banco universitario con cierta promoción social, y el cuadrilátero del diploma como un punto de arribo.

Se formó una clase dirigente que no traía en sus alforjas ninguna solución a los problemas que acosan al hombre y exigen de él una respuesta. Era una actitud de negación de toda trascendencia, negación de la realidad espiritual, abandono y deprecio de la metafísica, y glorificación de la ciencia.

Lo sensible y mensurable, habrían de traer, al hombre argentino, la felicidad. Los hechos demostraron lo contrario...

La sistemática negación de toda trascendencia no tarda en originar una reacción de tipo contrario.

La sed metafísica del hombre buscaba saciarse. Y sintiéndose incapaz para resolver la desorientación del país, llegó, consecuencia lógica, a una renovación.

En esta renovación tendremos que ubicar a la joven generación, proveniente de la Acción Católica. Dispuestos a trabajar comprendieron que había que comenzar a vivir con otra tabla de valores. Formados en una filosofía que da la respuesta a la angustia metafísica del hombre, y viviendo una “fe- vida”, se entregaron a la oscura tarea de preparar el mañana. Se dispusieron a vivir el tiempo mirando la eternidad. Se transformaron en otros Cristos. Apóstoles en quienes actúa Cristo por la Fe y la Esperanza. Es una juventud que escapa al pesimismo ambiental por la dimensión colectiva de su esperanza.

Aportaron el sentido de la responsabilidad, el amor a la Verdad, el amor al prójimo, el saber compartir el problema de los demás...

En las estructuras temporales son muchos los síntomas de una reacción de materialismo existente.

Existen movimientos dispuestos a realizar una transformación histórica: reflejar en lo social los principios cristianos.

En este sentido destacamos la transformación que está realizando la juventud en el mundo Universitario.

Nadie podrá negar que, hasta el momento, los movimientos de inspiración social cristiana han realizado un trabajo de importancia, bajo muchos aspectos, en nuestros medios. Han hecho un esfuerzo paciente y difícil por formar una conciencia pública en torno a sus ideas, su mentalidad, y su concepción moral y social.

En el curso de estos años, gracias a la labor de estos movimientos, una multitud de perjuicios, falsedades, y confusiones, han sido barridos de la juventud. Hechos que hoy pasan por habituales, y normales, no habrían podido suceder, si previamente, estas instituciones, no hubiesen roto la inercia de amplios sectores, y abierto el camino a nuevas posiciones...

No son las primeras derrotas, o los triunfos, los que dan y muestran el fin de su misión.

Dispuestos a sacudir la estructura misma de la Universidad, tienen una última palabra que decir. A corto plazo la veremos realidad.

En esta profunda revolución que elaboran las vanguardias, encontramos al CMU. Movimiento que nace, y vive como nació, bajo el signo de una vocación social cristiana. Vocación colectivamente recibida, y desarrollada, por una veintena de jóvenes católicos.

El espíritu que la vivifica es la donación a Dios por medio del servicio a la juventud. Una proyección hacia adentro para luego ser volcada al exterior.

Desde su comienzo encontramos, en el CMU, ideas que se repiten incesantemente.

Son su fundamento, lo que constituye su mística y su vida.



I: ORGANISMO DE UNIVERSITARIOS:

Es decir no sólo “para”, sino “de” universitarios. Se halla en manos de ellos mismos. Organizado, pensado y dirigido por ellos. El CMU es un movimiento de universitarios, unidos de una manera permanente, que discuten en común, y, en común, tratan de responder a los problemas. Realizaciones, actividades de todo género, en las que todos toman sus responsabilidades. Esta vida en común crea una amistad, un clima, que los hace adquirir conciencia de que son, esencialmente, tributarios de su ambiente.

El CMU enseña y encarna al universitario de que él trabaja para toda la sociedad. Le hace descubrir, cada día, que no es posible contentarse con humanizar o santificar lo individual. Debe cristianizar esos complejos sociales que constituyen la universidad, el barrio, las diversiones... La salvación del individuo no se realiza, sin una cierta “salvación” de su medio ambiente. Nadad e preocupaciones individuales y egoístas.

Desconcierta la posición de aquellos que quisieran eliminar este carácter universitario, para hacer de él un movimiento desencarnado, sin proyección en la hora actual, sin gravitación en su propio medio.


II: MOVIMIENTO DIRIGIDO A PONER A DIOS:


El CMU lleva el propósito de hacer descubrir a Dios en la juventud. Cada uno debe sentir su origen divino, su dignidad de persona humana, y su fin trascendente. Y todo en función del amor. Aprendiendo a ver y vivir la vida de todos los días, repartido en el mundo universitario y el pueblo, debe llegar, gradualmente, a descubrir el verdadero lugar de la Religión. Debe llegar a estrechar el poderoso vínculo que se establece entre la Fe y la vida diaria.

Esta comprensión le da una generosidad y entusiasmos propios de una misión.



III: VOCACIÓN SOCIAL: ACCIÓN Y FORMACIÓN:


No son dos metas separadas. El CMU no forma y luego actúa. Sino que conjuga simultáneamente la acción y la formación. La medida de su acción, como profesional, esta dada por su ora como universitario.

La misión transformadora que le exige la participación en este movimiento, requiere una formación seria y sólida. Formación que abarca lo intelectual y lo religioso. Una filosofía que lo lleve a buscar las causas últimas de las cosas y unifique su saber profesional. Una formación espiritual centrada en Cristo con una Fe viva, una Esperanza firme y una Caridad auténtica. “La hora presente requiere de los cristianos que, con toda energía, hagan rendir la doctrina social de la Iglesia hasta el maximum de eficiencia y realizaciones”.

No se puede admitir que en esta hora en que se está jugando el porvenir de muchos años, haya quienes profesándose cristianos, establezcan una distinción entre lo que se refiere a su vida privada y lo que dicen en la acción pública.

No faltan quienes se contentan con fomentar la piedad personal, la modestia, la paciencia... Todo esto es muy bueno, y forma parte substancial de la vida cristiana. Pero en el momento actual no son suficientes.

En nuestros días urge la acción social por el amor al prójimo, víctima de tantas injusticias. Quien pudiendo, por tanto debiéndolo hacer, la elude, no ama. Sin Amor, sin caridad, no existen virtudes.

Estas ideas que hemos delineado, constituyen el alma del CMU.

Algunos, olvidándolas, quieren hacer del CMU un movimiento de juventud, reduciéndolo a un conjunto de servicios sociales, a una simple institución de beneficencia social.
A esto, si se le llamara CMU, nada habría que objetar. Pero no es CMU. En otro extremo, se encuentran aquellos que quieren hacer del CMU, una obra de carácter puramente religioso, una congregación más para intensificar la vida espiritual de la juventud...

Finalmente están aquellos, y no son pocos que quieren formar una élite apostólica, un puñado de selectos que deben ser educados a fondo dejando en la otra orilla a los simples militantes de quienes no se espera una mayor gravitación...

Se engañan porque la misión del CMU no es algo “incontaminado”, para “presentar”... ni menos para crear un paternalismo apostólico... sabemos de sobra que es ineficaz y contraproducente.

El Colegio Mayor Universitario no es nada parcializado, sino pretende ser algo integral: tiende al dirigente. Y el dirigente es algo total: totalmente encargado en lo humano y totalmente orientado hacia Dios. Y el Colegio Mayor Universitario tiene nada más, pero tampoco nada menos que esta pretensión.

Queridos amigos del Colegio Mayor Universitario: estas palabras son de alguien que lo ha vivido y ha ayudado a conducirlo como Decano durante dos años. Deben ustedes tomarlo como un ideal. Pero tener presente que como ideal cuesta esfuerzo y sacrificio. Los ideales no se encuentran regalados: se conquistan. Tampoco se ofrecen desde arriba: es algo que se obtiene trabajando todos juntos. Y tampoco los ideales se conquistan de golpe: poco a poco se llega a ellos. Por eso quien quiera realizar Colegio Mayor Universitario sepa que el camino por recorrer es arduo, y muchas veces los obstáculos son muchos; pero ninguno invencible, sino todos superables. De ahí que la constancia, la perseverancia y la confianza han de ser virtudes básicas para el realizador como lo son para todo luchador y para todo conquistador. Fe en Dios, fe en la obra, fe en el ideal y fe en sí mismo. La obra en un momento de su historia puede flaquear, pero la tensión hacia el ideal como algo alcanzable nunca puede ni debe desfallecer. Y todo desfallecimiento en el camino se vence con aquella fe. Todo examen de conciencia debe dar como resultado siempre este realismo y como conclusión una mayor fe y un mejor esfuerzo. Con ello desaparecen todos los problemas y la obra alcanza su madurez acercándose cada vez más a la plenitud del ideal soñado.



ATILIO LUIS ROSSO



Colegio Mayor Universitario

San Gerónimo 3328

Tel: 0342 4524260/4534198

3000 Santa Fe - Argentina

    

Search